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EL ADOLESCENTE HUMILLADO

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga; Presbítero de la IERE.

Que la adolescencia es una edad tremendamente complicada, nadie lo duda. De hecho, tal afirmación constituye uno de nuestros grandes tópicos culturales de los últimos sesenta o setenta años, al menos en el mundo occidental. Pero no desmiente la realidad. Si no, recordemos cómo fue nuestra propia adolescencia, o echemos un vistazo a nuestro alrededor y contemplemos cómo es hoy.

Pero no nos limitemos a repetir tópicos, ni mucho menos a culpar a los adolescentes de sus carencias, sus inseguridades, sus rebeldías (con o sin causa). Es algo natural, propio de la edad y del entorno en el que nos movemos. Máxime cuando hay circunstancias que tensan las cuerdas hasta límites cuyas consecuencias son imposibles de prever.

Sucedió hace unas cuantas semanas. Nos hallábamos de visita en una de nuestras  parroquias por la tarde, en una hora en la que tienen organizado, y muy bien, por cierto, un reparto de alimentos. Se trata de una parroquia muy comprometida en este tipo de actividades solidarias. Era grande la afluencia de personas que se acercaban hasta allí para recibir una bolsa con las cantidades establecidas en este tipo de distribuciones. Pero, sin saber bien por qué, nos llamó poderosamente la atención una familia de cuatro personas, a todas luces los padres con dos hijos, uno de ellos un niño aún, de unos nueve o diez años, y el otro un jovencito adolescente que no contaría más allá de los quince. ¿Qué hizo que nos fijáramos especialmente en ellos, más que en todos los otros? ¿El hecho de que no tenían aspecto de gente extranjera, sino nacional, tal vez? ¿La manera en que iban vestidos, muy pobremente, quizá? ¿Puede que su apariencia de tristeza o de desánimo, que se diría marcaba con un rictus profundo los rostros de los padres, especialmente los de los padres? Todas estas ideas bullían en nuestra mente intentando explicar por medio de ellas la razón de nuestro extraño interés por aquellas personas. Tras unos minutos en los que la familia entera desapareció por la puerta de la parroquia, y evidentemente fueron debidamente atendidos, nos dimos cuenta de qué era en realidad lo que nos había impactado de manera tan inusual: ni la probable nacionalidad, ni la indumentaria, ni las figuras apesadumbradas de los progenitores. Ni siquiera el niño, el benjamín del grupo. Había sido el jovencito adolescente. No por ningún rasgo físico particular, no por su vestimenta, sino por la expresión de humillación, de vergüenza, que ensombrecía los lineamentos de su rostro, especialmente sus ojos, que miraban permanentemente hacia el suelo y parecían no querer alzarse, y sus labios, que se percibían contraídos.

Aquel jovencito, pese al mal momento que estaba sufriendo, al menos tenía garantizada la bolsa con alimentos que le correspondería, similar a las que recibirían sus padres y su hermano. El hecho de acudir a la parroquia con su familia contribuiría a que fuera debidamente atendido. Leíamos no hace mucho en un rotativo bien conocido del gran público que un número creciente de adolescentes de nuestro país, obligados a acercarse a entidades que distribuyen alimentos en programas de ayuda social, tienen tendencia a quedarse atrás por timidez, por vergüenza ante una situación tan vejatoria para ellos, especialmente si acuden solos, con lo que en ocasiones ni siquiera se atreven a solicitar lo que necesitan y se van con las manos vacías. Muy trágico.

Son muchas las cosas que hacen de la adolescencia un período difícil de la vida humana, al menos en nuestras sociedades de occidente, pero pocas deben ser tan humillantes como el hecho de, en medio de un mundo gobernado por una filosofía de consumismo desmedido e irracional, donde solo pareciera valorarse a la persona por lo que posee o por las marcas destacadas de los bienes de consumo que ostenta, verse forzado a pedir comida o solicitar ayuda. Lo peor de todo es que ese sentimiento de impotencia ante una situación claramente injusta, puede llegar a generar otros igual de negativos, o peores, si cabe.

Gracias a Dios, nos consta que en parroquias como la que indicamos, al igual que en la gran mayoría de entidades, el trato que reciben las personas necesitadas es el adecuado, el conveniente, el que todo el mundo tiene que tener, pues los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios, somos por igual depositarios de una dignidad intrínseca que nada ni nadie debiera empañar o eliminar.

La adolescencia es el momento de la vida en que el ser humano suele plantearse grandes interrogantes, preguntas trascendentes que tal vez marcarán su existencia posterior, lo que llamaríamos su futuro. No dejamos que preguntarnos, a partir de aquella tarde, qué pensamientos, qué dudas, qué amargas decepciones pueden atravesar la mente de un chico adolescente obligado a pasar por la humillación de acompañar a su familia para solicitar ayuda alimentaria, y sobre todo, qué respuesta seríamos capaces de darles quienes profesamos ser discípulos de Cristo y, por nuestra ordenación clerical, nos consideramos llamados a instruir a los demás. Puede que recomendar abnegación o resignación frente a unas condiciones escandalosamente injustas, como quizás se hubiera hecho en otros tiempos, no sea lo más adecuado en nuestros días, pero seguro que atizar el rencor o el odio desmedido contra un sistema político-económico corrupto e inhumano, tampoco. Es muy posible que muchachos adolescentes como aquel reaccionen en algún momento con agresividad, con violencia, ante tanta vejación que parece dar al traste con toda su generación, hipotecando su porvenir y condenándola a la miseria material y moral. Ignoramos hasta qué punto nuestras sociedades están incubando de este modo, sin saberlo ni pretenderlo, los gérmenes de su propia autodestrucción.

Preferimos dejar una puerta abierta a la esperanza. Tal vez en nuestras parroquias, y otras entidades por el estilo, el trato dignificador y humano en la atención a las necesidades básicas de quienes las precisan, sea la respuesta. Que estos jóvenes frustrados y vejados por tales situaciones sean capaces de ver que hay quienes sirven a los demás por vocación, por una solidaridad que es inseparable de nuestra profesión de fe, jamás por lástima ni por cumplir con un expediente que está de moda, que “queda bien”. Queremos creer que jovencitos hoy expuestos a la humillación por las condiciones precarias de sus familias, serán inteligentes para saber detectar dónde reside el problema, y en su momento harán lo posible por contribuir a que las cosas cambien.

En una palabra, seguimos confiando en que la grandeza intrínseca del ser humano, conforme al propósito divino original, no ha sido extirpada de nuestra conciencia colectiva, y que los valores del Reino de Dios proclamado y encarnado por Jesús siguen vigentes, de modo que la Iglesia, pese a su lastre de siglos oscuros, estará a la altura para contribuir a la redignificación de las personas, comenzando por niños y adolescentes, haciendo frente y minando desde sus fundamentos cualquier sistema injusto y degradante. No solo con la palabra, también con hechos muy concretos y eficaces.

Mientras tanto, seguimos orando por tantos jóvenes y adolescentes que, aplastados por situaciones de las que no tienen culpa ni responsabilidad alguna, se plantean sin duda muchas preguntas desde el sufrimiento silencioso, la vergüenza y la humillación.

 

Que el Dios revelado en Cristo ilumine sus vidas y su entendimiento, y los guíe para que ellos sean, a su vez, luz, esperanza y alegría para otros.