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RENOVACIÓN Y LIBERACIÓN EN EL ESPÍRITU

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga, Presbítero de la IERE.

Es inevitable aludir a la presencia del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, en una celebración como la de este domingo, es decir, la festividad de Pentecostés, también conocida como Pascua de Pentecostés en algunas tradiciones cristianas. Resulta ineludible, en efecto, porque el relato de Hechos 2, conforme a las promesas de Jesús, nos presenta la venida del Espíritu sobre la iglesia naciente, de modo que a partir de aquel momento ella comienza su andadura hasta el día de hoy, con sus altibajos, sus aventuras y desventuras, sus grandes aciertos y terribles desaciertos, pero siempre, y dígase lo que se quiera, bajo la dirección divina. De otro modo, sería imposible que hubiera durado hasta este siglo XXI y que aún prosiguiera su andadura de proclamación del evangelio. Por ello, Iglesia y Espíritu constituyen un binomio de imposible disolución.

Hechos 2 nos dice que la presencia del Espíritu entre los primeros discípulos de Jesús se manifestó como una especie de vendaval, figura harto apropiada para aquellos tiempos y aquella cultura semítica helenizada, con lenguas de fuego y manifestaciones de poder real, no fingido ni mal remedado. Pero lo que más nos ha llamado la atención al leer recientemente el pasaje, es lo que afirma el apóstol San Pedro cuando dice:

Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:

Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre

toda carne;

Y vuestros hijos y vuestras hijas

profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán

sueños.

Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos

días

Derramaré de mi Espíritu, y

profetizarán.

Y daré prodigios arriba en el

cielo,

Y señales abajo en la tierra,

Sangre y fuego y vapor de humo;

El sol se convertirá en tinieblas,

Y la luna en sangre,

Antes que venga el día del Señor,

Grande y manifiesto;

Y todo aquel que invocare el

nombre del Señor, será salvo. (Hch. 2, 17-21 RVR60)

Cita el Apóstol Jl. 2, 28-32, uno de los pasajes proféticos que más debía marcar la imaginación de los judíos del momento, un oráculo referente a los tiempos finales, lleno del colorido y de las figuras propias del género apocalíptico, como son las menciones de los astros, el fuego, la sangre, las tinieblas o el humo, pero que en el entendimiento de la primera Iglesia hallaba su pleno cumplimiento en los comienzos de la dispensación cristiana, algo en lo cual no podemos por menos que estar completamente de acuerdo, dejando de lado las múltiples fantasías que ciertos intérpretes posteriores han manifestado en escritos de dudosa solvencia.

El oráculo de Joel, en la lectura pneumática que realiza el Apóstol —esto es, espiritual en el más puro sentido del término, vale decir, dirigida por el Espíritu Santo— describe lo que ha de ser la trayectoria de la Iglesia, un camino profético, lo que significa “de vocero divino”, que afecta tanto a jóvenes como a ancianos, tanto a varones como a hembras, tanto a hombres libres como a esclavos (los siervos y las siervas de la pulquérrima traducción RVR60). Por decirlo en pocas palabras, una verdadera revolución en la que se invierten los valores humanos tradicionales, y en la que la Palabra viva del Dios vivo rompe esquemas. Dios no tiene en cuenta edad, sexo ni condición social para habilitar a quienes han de proclamar la realidad de la presencia de su Espíritu entre los seres humanos. Las palabras de este vaticinio iban, sin duda, más allá de lo que pudiera haber sido el sentido primero que el propio profeta les habría dado, y solo por la presencia real del Espíritu en el seno de la asamblea cristiana a través del testimonio apostólico hoy podemos entenderlas tal como el autor de Hechos las interpreta.

De ahí que todo el texto rezume la idea de que algo nuevo ha sucedido, algo extraordinario, algo que provoca una total liberación de los hombres. Si la presencia del Espíritu de Dios se presenta como algo raro y restringido en los escritos veterotestamentarios, como reservado a ciertas figuras particularmente carismáticas (los setenta ancianos de Israel de Nm. 11, los jueces, los profetas), ahora tal manifestación no conoce fronteras: el nuevo Israel, que es la Iglesia, todo él ostenta la realidad del Espíritu, y ello se irá acrecentando a medida que las Buenas Nuevas vayan alcanzando a todos los seres humanos. Es, por tanto, una humanidad pneumática lo que el texto apunta como algo que habrá de tener lugar antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto. De ahí que la conclusión vaya de por sí: la salvación está reservada para todo aquel que invocare el nombre del Señor, vale decir, el nombre de Cristo, sin que linaje, raza  o condición constituyan un mérito ni un obstáculo. Una salvación tal, fruto evidente del Espíritu, solo puede comprenderse como liberación plena de todas las cadenas que atenazan y embrutecen a los hombres, un retorno a las fuentes, a la condición de imagen y semejanza de Dios que todo hijo de Adán ha heredado del primer ancestro de nuestra gran familia (Gn. 1, 26-27; 5, 1-3).

En aquel primer Pentecostés cristiano de Hechos 2, el apóstol San Pedro, citando la antigua profecía de Joel, marcó las señas de identidad de la Iglesia, del cuerpo de Cristo en este mundo en tanto que movimiento esencialmente profético y liberador. Hoy, cuando nos acercamos ya a los dos milenios exactos de aquel evento, seguimos celebrando la festividad de Pentecostés con la alegría propia de quienes sabemos que aquel impulso inicial nunca ha concluido ni ha quedado caduco. En el momento en que escribimos estos párrafos, y en el momento en que tú, amable lector, los tienes ante tus ojos, la Iglesia sigue proclamando aquella renovación anunciada siglos atrás y continúa en la misma brecha. Hasta que llegue de manera definitiva el día del Señor, la salvación ofrecida en Cristo continuará siendo anunciada a la humanidad en el poder del Espíritu, rompiendo esquemas, trastocando los valores distorsionados y devolviendo la dignidad a todos los hombres.

 

Así fue anunciado, así será.