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Mar, Dic

CUESTIÓN DE RESPETO

Comunión Anglicana
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Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga, presbítero de la Iglesia Anglicana.

Digámoslo sin tapujos: cada día se nos hace más difícil, no ya entender, sino soportar, la desconcertante ligereza con que, so capa de acendrada piedad, se maltratan las Sagradas Escrituras en ciertos círculos del mundo cristiano contemporáneo, de tal manera que, pretendiendo ensalzarlas hasta lo sumo, se las echa por tierra en realidad y se hace de ellas objeto de burla.

Nos referimos, cómo no, a la desdichada cuestión de la inerrancia bíblica, que algunos pretenden se considere un dogma inamovible, cuando no es sino una tendencia muy particular de algunos sectores, y muy reciente en la historia del cristianismo. En líneas generales, quienes profesan tal aserto postulan que la Santa Biblia, en tanto que palabra inspirada de Dios, ha de ser infalible por naturaleza en todas sus afirmaciones, encuádrense estas en cualquier área del conocimiento que se quiera. De este modo, dicen, la Biblia tiene las respuestas y las soluciones para prácticamente todos los interrogantes que el ser humano pudiera plantearse, no solo sobre sí mismo, sino sobre Dios, el mundo y sus orígenes, y por supuesto, el fin de la historia. Así, se convertiría en la última palabra y la mayor autoridad, no ya en relación con la teología o la fe, sino en lo referente a las ciencias naturales, la cosmología, la filosofía o la historia universal, entre otras disciplinas.

Tales declaraciones, pese a que suelen aparecer avaladas por nombres de presuntos teólogos y supuestos eruditos ultra o citramarinos, y aunque se envuelven en un manto de apasionada apología, encierran una gran dosis de irreverencia, y ello por varias razones que enumeramos a continuación.

En primer lugar, y aunque parezca sorprendente para muchos, porque ASERTOS DE UN CALIBRE SEMEJANTE NO SE ENCUENTRAN NI UNA SOLA VEZ EN LA PROPIA BIBLIA. Dicho con otras palabras, jamás las Sagradas Escrituras hacen ostentación de esa presunta infalibilidad en todos los campos del saber. Muy al contrario, sus declaraciones, aunque lapidarias en un buen porcentaje, se ciñen en exclusiva a un área muy concreta, que es la relación del ser humano con el Dios revelado a Israel (en el Antiguo Testamento) o con el Dios revelado en Cristo (en el Nuevo Testamento), sin extenderse en otros aspectos. Un texto tan manido por los abanderados de la supuesta inerrancia bíblica como es 2 Timoteo 3, 16-17, lejos de apoyar sus afirmaciones, viene a desmentirlas de manera radical. En la versión RVR60 reza así:

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

Con lo que expresa de manera bien clara la finalidad real de las Escrituras —las Escrituras Hebreas en el contexto de la epístola, nuestro Antiguo Testamento—, que no es otra sino la elevación del ser humano en general, y del creyente en particular, a una existencia de total consagración a Dios y al prójimo. No se halla en este pasaje la más mínima alusión a ningún otro asunto. La versión DHH, que se expresa en ocasiones con un lenguaje mucho más actual, más cercano a nuestro tiempo, vierte como sigue el mismo pasaje:

Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud. Así el hombre de Dios estará capacitado y perfectamente preparado para hacer toda clase de bien.

La divina inspiración de las Sagradas Escrituras, que jamás se pone en duda, no es, por tanto, sinónimo de inerrancia. Ninguno de los autores de la Biblia lo ha pretendido jamás, y la razón viene por sí misma:

ATRIBUIR INERRANCIA O INFALIBILIDAD TOTAL A UN OBJETO DE HECHURA HUMANA, COMO ES LA BIBLIA, CONTRIBUYE A LA FABRICACIÓN DE UN ÍDOLO, un ídolo de papel y cartón, como se ha señalado en ciertas ocasiones, pero tan dañino como los de madera o piedra. Nadie que lea los diferentes escritos que componen nuestras biblias, aunque solo sea de manera superficial, dejará de constatar la innegable impronta humana de esta obra, tanto por la expresión de sus autores como por los enfoques que presenta sobre el propio Dios, el mundo o el hombre. Ni siquiera los creyentes a quienes más cara resulte la idea de la inspiración divina podrán ignorar este hecho. Dios no escribe ni compone libros, por lo cual resulta absurdo adjudicarle la paternidad literaria de la Biblia. Y desde luego, carece por completo de lógica el equiparar una composición humana al Creador del universo. Solo Dios, stricto sensu, puede ser infalible. Únicamente a él puede atribuirse la inerrancia absoluta en todas las áreas imaginables del conocimiento. La Biblia, aunque todos los cristianos la consideremos, y con razón, Escritura Sagrada o, como se suele decir, palabra de Dios, solo es un libro, o un conjunto de escritos, si se prefiere, jamás el propio Dios. No podemos por menos que denunciar como una derivación completamente errónea, además de altamente peligrosa, el confundir ambos conceptos, o la pretensión de otorgar a los ejemplares materiales de la Escritura una sacralidad tal que acabe convirtiéndolos en meros fetiches, como de hecho ya sucede. El respeto de que es acreedora la Biblia por transmitir las buenas nuevas de salvación para todas las naciones, conforme al propósito divino, exige que toda la superstición referente al uso de textos concretos como amuletos de poder, o a ciertas interpretaciones forzadas en las que se pretende hallar respuestas definitivas para asuntos de los que jamás se trata en sus capítulos, sea radicalmente desterrada.    

En tercer lugar, LOS ABANDERADOS DE LA INERRANCIA BÍBLICA OSTENTAN DEMASIADAS VECES UNA COMPLETA IGNORANCIA SOBRE LA COMPOSCIÓN DE LAS ESCRITURAS, SUS ESTILOS Y CARACTERÍSTICAS INTRÍNSECAS. Hemos apuntado más arriba que la Biblia es una obra esencialmente humana, muy humana en realidad —en ocasiones demasiado humana, se podría llegar a pensar—, que refleja plenamente épocas, niveles culturales y lingüísticos que no son los nuestros. Quienes forjaron, conservaron, ampliaron (o eliminaron) las tradiciones subyacentes a los documentos que componen la Biblia, así como quienes las pusieron por escrito y les dieron la forma con que hoy las leemos, expresan puntos de vista y preocupaciones muy particulares que exigen por parte del lector o intérprete de nuestros días un gran esfuerzo, mucho mayor del que habitualmente se piensa. La pretensión tan extendida en ciertos círculos de que la Biblia es tan actual como el periódico del día puede, de no estar muy bien matizada, dar pábulo a grandes errores en lo referente a los estudios escriturísticos. Los autores de las Sagradas Letras no pretendieron jamás ir más allá de sus propios entornos, por lo que reflejan los conocimientos y las preocupaciones de aquellos a quienes se dirigían, es decir, sus contemporáneos, sus coterráneos en la inmensa mayoría de los casos. Carece, pues, totalmente de sentido suponer que hombres de épocas tan lejanas para nosotros se empeñaran en rebatir postulados científicos o filosóficos de nuestros días, ofreciéndoles además soluciones definitivas. Asimismo, se evidencia un total desconocimiento de las Escrituras y del poder de Dios cuando se pretende dogmatizar sobre acontecimientos de la historia futura, e incluso ciertos aspectos morales, acudiendo frenéticamente a pasajes bíblicos empleados a modo de martillo, y notoriamente fuera de contexto. Quienes así actúan, y por desgracia parecen ser legión, únicamente hacen de las Sagradas Escrituras una auténtica maldición.

En cuarto lugar, LA PRETENSIÓN DE UNA BIBLIA INERRANTE E INFALIBLE EN TODAS LAS ÁREAS DEL CONOCIMIENTO CONTRIBUYE A UNA TOTAL POSTERGACIÓN, CUANDO NO DISOLUCIÓN, DEL HILO CONDUCTOR DE LAS ESCRITURAS, DE SU MENSAJE CENTRAL. Es una trágica constatación de hecho: las sectas de nuestros días —pues no merecen otro nombre, dígase lo que se quiera— que hacen de la inerrancia bíblica un dogma inamovible y una conditio sine qua non para la aceptación de alguien en sus membresías o en sus ministerios, tienden a desdibujar su predicación y enseñanza básica en multitud de asuntos, dejando de lado la enseñanza fundamental de las Sagradas Escrituras. Temas como el creacionismo literalista que se aferra al pie de la letra a Génesis 1-2 (aunque pretenda “vestirse de seda” bajo el manto de la Teoría del Diseño Inteligente), o la pretensión de “demostrar” erre que erre la presunta historicidad de los relatos de la caída, del Diluvio universal y de la Torre de Babel, así como la obsesión por “probar” con “evidencias arqueológicas irrefutables” el paso de los israelitas por el mar Rojo, entre otros, ocupan demasiado tiempo y esfuerzos de muchos creyentes en detrimento de la proclamación del mensaje de redención en Cristo Jesús y su proyección en la vida de la comunidad cristiana, la Iglesia, y en la sociedad en medio de la cual estamos. En tales demostraciones de biblicismo integrista brilla por su ausencia aquello que es capital en la Historia de la Salvación, por lo que se encuentra en las antípodas de la declaración de nuestro Señor, cuando dice acerca de las antiguas Escrituras:

Y ellas son las que dan testimonio de mí. (Juan 5, 39b RVR60)

Finalmente, LOS AUTOPROCLAMADOS HERALDOS DE LA INERRANCIA BÍBLICA SE EMPEÑAN EN DIRIGIR UNA LAMENTABLE CRUZADA CONTRA AUTORES Y MOVIMIENTOS TEOLÓGICOS DE NUESTRA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA, QUE TAN SOLO PONE SOBRE EL TAPETE LA TRISTE CONSTATACIÓN DE UN TOTAL ALEJAMIENTO DE LA REALIDAD. Resulta por demás deprimente escuchar, o a veces leer, declaraciones de tales defensores fidei en las que tienen la osadía de criticar, incluso con acritud, cuando no de condenar abiertamente, a figuras de talla consideradas como las más brillantes de nuestros tiempos en relación con los estudios bíblicos, hombres que no solo han destacado por sus aportaciones a las ciencias escriturísticas, de modo que se han convertido en clásicos cuyo conocimiento es indispensable, sino que además han sido en su momento y en sus circunstancias personales unos cristianos de talla, aun a riesgo de sus propias personas físicas, ante situaciones de total inhumanidad de las que han dejado un testimonio irrefutable. Pertenecientes todos ellos al protestantismo histórico europeo, heredero directo de la Reforma del siglo XVI, estos grandes teólogos y pensadores contemporáneos han sido reconocidos internacional e interdenominacionalmente como hitos en la exégesis y el conocimiento de las Sagradas Escrituras, de cuyas aportaciones hoy se nutre para honra y gloria de Dios la Iglesia universal. Frente a ellos, los adalides de la inerrancia bíblica únicamente son capaces de ostentar un pensamiento precrítico anclado en siglos pasados, y por ende hoy empobrecido, que no sabe ni puede (¡ni tampoco quiere!) adaptarse a las realidades de los tiempos, condenado a generar la miseria intelectual y moral que nutre a las sectas.

En conclusión, un problema como el que plantea hoy la cuestión de la inerrancia bíblica se soluciona con la misma fórmula mágica con que se ha hecho frente al analfabetismo o a la ignorancia endémicos en la historia de muchos pueblos: instrucción y cultura. La Iglesia necesita de manera imperiosa ministros bien preparados, bien formados en los avances de las ciencias escriturísticas, cuya vocación sea guiar a la grey del Señor hacia los buenos pastos de la palabra viva del Dios Viviente, no a una simple letra muerta sacralizada contra natura y elevada a la categoría de un ídolo. La Santa Biblia, en tanto que palabra de Dios revelada a los hombres, merece todo nuestro respeto, el máximo, pues constituye una enorme bendición para el pueblo del Señor en la medida en que enseña a Cristo, señala a Cristo, proclama el mensaje de redención universal de Cristo e invita a los hombres a creer en Cristo.

 

Et tout le reste est littérature